Impresiones de Javier Sierra
Imagina que llegas a un salón confortable, lleno de personas que te conocen y te aprecian. Un lugar en el que no tienes que impostar nada ni ocultar defectos o imprecisiones, y en el que puedes servirte una taza de tu café favorito, recostarte en tu sofá y conversar sin límite de tiempo de los temas que verdaderamente te interesan.
Poco importa que ese lugar sea virtual o físico. Hace ya tiempo que sabes –nos lo enseñaron las tradiciones orientales- que el único mundo cierto es el mental. Que todo lo demás es “maya”, ilusión.
Pues bien: ese lugar al que ahora me refiero es el Club de Lectura en Internet de “El ángel perdido”. Fue convocado por Planeta de Libros el pasado 4 de noviembre y durante 46 días, 444 personas de diversas nacionalidades han tenido la oportunidad única de poner a prueba, dialogar y seguir a uno de sus autores favoritos por medio mundo. La singular coincidencia de este Club con un largo viaje de promoción (51.270 kilómetros en poco más de un mes) que me ha llevado por Estados Unidos, Brasil, México y China, ha sido (creo) más importante para mí que para ellos. A los lectores les ha dado emociones y “food for thought”, pero a mí me permitió recurrir a esta “reunión” como quien regresa a casa después de una larga jornada de trabajo y descansa con una buena conversación en familia.
Imagino muy bien lo que supone para un lector sentir a uno de sus autores cerca y, además, poder compartir casi en directo alguno de sus viajes. Yo hubiera dado un brazo en mi adolescencia por tener abierto un canal como este con Christian Jacq o J. J. Benítez, y haber podido seguir los pasos del primero por la columnata del templo de Luxor mientras leía su pentalogía de Ramsés o por los subterráneos del Vaticano cuando J.J. preparaba su novela “El papa rojo”. Por eso, consciente de esa emoción, he aprovechado la oportunidad del Club para hablar del día que pase en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida, o de mi visita al Museo Roerich de pintura en busca de cuadros sobre la “piedra chintamani” para contagiar más allá de las letras mi pasión por los viajes y los misterios.
Hoy, a 48 horas del cierre oficial del Club no tengo más que palabras de gratitud. Los 444 lectores han tenido un comportamiento ejemplar, han participado en los concursos que les he propuesto, resolviendo todas y cada una de las nada fáciles intrigas que les he puesto en la pantalla, e incluso no han tenido reparo alguno en compartir fotos o enlaces alrededor de los temas que he ido pautando en este mes y medio de largas “conversaciones”.
Para ellos –lo sé- esta experiencia quedará como un hito en su memoria lectora. Pero para mí, como escritor, me ha renovado en mi convicción de que la literatura es capaz de crear vínculos como pocas otras cosas en la vida. Vínculos con lectores que ya no son intangibles para mí, sino que tienen nombres, apellidos y una carita sonriente en su perfil de Facebook.
Conclusión: ¡hay que repetir (y expandir) esta vivencia! Esto es vida. Esto es leer.






















































