La complicada sencillez de Miguel Delibes

Decía Miguel Delibes que la novela es un intento de exploración del corazón humano a partir de una idea que casi siempre es la misma pero contada en entornos distintos. En su caso, esta apuesta por explicar qué habita en el alma de cada uno de nosotros dio lugar a la publicación de casi  sesenta obras. El legado literario de Delibes nos habla del amor, de la desigualdad social, de la naturaleza, del paso del tiempo, de la vida rural, de la muerte…  Pocos escritores consiguen poner de acuerdo a todos en lo indispensable de su aportación a la literatura. Pocos escritores han llegado a conseguir la singularidad que alcanzó Delibes.

Nacido un 17 de octubre de hace 91 años en Valladolid —ciudad a la que siempre estuvo muy ligado y que resulta indispensable para entender su obra—,  su debut como escritor se produjo con La sombra del ciprés es alargada, novela con la que recibió el Premio Nadal 1947. En aquellos momentos era un completo desconocido, el prestigioso galardón le abrió de par en par las puertas del mundo literario.

Alternó su dedicación a la literatura con el periodismo. Fue director de El Norte de Castilla. Sobre este oficio afirmaba que “El periodismo es un borrador de la literatura… Y la literatura es el periodismo sin el apremio del cierre”.

También fue miembro de la Real Academia Española desde 1973. Recibió además todos los premios de prestigio: del Príncipe de Asturias (1982) al Cervantes (1993) pasando por el Nacional y el de la Crítica. Incluso fue candidato al Nobel.

Títulos como El camino (1950) o Las ratas (1960), leídos durante décadas y décadas por los estudiantes en todos los colegios de nuestro país, le convirtieron en un escritor tremendamente popular.  También las adaptaciones al teatro y al cine de obras como Cinco horas con Mario (1966) —que, protagonizada por Lola Herrera, se mantuvo durante muchos años en cartel—  o Los santos inocentes —que Mario Camus llevó al cine en 1984, dos años después de su publicación, en una adaptación que consagró a Paco Rabal y Alfredo Landa en el Festival de Cannes de aquel año— le brindaron la oportunidad de ser uno de los escritores más conocidos —y reconocidos— de su época.

Delibes huyó siempre del artificio. Su prosa, depurada y precisa, le sirvió para convertirse en el cronista de un mundo en permanente posibilidad de extinción, la vida en el campo castellano. Se puede hablar de la Castilla de Delibes, de la misma manera que se habla del Dublín de James Joyce o de la Praga de Kafka.

El 12 de marzo de 2010, Delibes fallecía en su Valladolid natal, víctima de cáncer. El escritor había visto como su salud empeoraba inexorablemente en los últimos años. En una entrevista concedida a El País, cansado de su situación, dijo:”Ya no puedo hacer más. Se me ha saltado la cuerda como a los coches de los niños pequeños“.

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