70 años de ARIEL

El director editorial de Ariel, Francisco Martínez Soria, relata los 70 años de la editorial:

70 años. Toda una vida. Tres generaciones. En 1942 se combatía en las calles de Stalingrado, e Hiroshima no salía en los mapas de Historia. España olía a miedo y hambre; un país yermo, casi vaciado de intelectuales, por no decir de lectores. Nadie, en su sano juicio, habría creído en la viabilidad de un proyecto como el de Ariel, ni, mucho menos, en su pervivencia durante siete azarosas décadas en las que el mundo ha cambiado tanto que parecen siglos. Y, sin embargo, aquí está. Celebrando un aniversario inimaginable, en pleno siglo XXI. Da que pensar, que de eso se trataba, entonces y ahora.

El año 1942, dos jóvenes a quienes la guerra civil y sus consecuencias truncaron las expectativas de seguir carreras profesionales en la universidad empezaron a ganarse la vida publicando los apuntes de clase de algunos amigos profesores. En poco tiempo, esos dos jóvenes, Pep Calsamiglia (filósofo de formación)  y Alexandre Argullós (que había estudiado Derecho) fundaron la editorial Ariel, que no tardaría en convertirse en lo que hoy, setenta años después, sigue siendo: una referencia en el mundo de la edición en castellano.

A la hora de elegir este nombre, sus fundadores debieron de tener en mente al espíritu que encarna el aire según la tradición judía, así como los diferentes Arieles que aparecen en las obras de Shakespeare, Milton o Pope. Pero es posible que también pensaran en un país que, del mismo modo que el hombre necesita aire para respirar, necesitaba ideas para desarrollarse.

Durante los años cuarenta y cincuenta, tiempos de penurias, de represión y censura, Ariel se especializó en títulos de medicina, economía, derecho y filosofía. En una época en la que no es que los recursos económicos eran tan escasos que no se podía usar con regularidad el teléfono –cuando ni tan solo se ofrecían anticipos a los autores–, se las arreglaron para introducir en España a autores como Maurice Duverger, Benedetto Croce, Raymond Barre o Luigi Einaudi.

Desde el edificio de Montaner i Simon (hoy Fundació Tàpies), la editorial se trasladó a la calle Berlín en Barcelona y finalmente a un edificio en Esplugues de Llobregat, adonde se llevaron los mismos muebles viejos y heredados, restaurados para prolongar su utilidad. Además, se incorporó a la editorial un nuevo socio, Joan Reventós quien amplió, gracias a sus contactos, un extraordinario consejo editorial por el que durante los siguientes años pasarían luminarias como Ramon Masoliver, Manuel Jiménez de Parga, Josep Fontana, Jordi Nadal, Manuel Sacristán, Francisco Rico, Fabià Estapé, Ernest Lluch, Salvador Giner, Jordi Maragall, Joan Sales y Rafael Borràs, entre otros. Un grupo de variadas sensibilidades políticas, que provenían de distintas ramas del saber, vinculado por su sabiduría común y por su decidida lucha antifranquista.

A finales de los años sesenta la ciudad de Barcelona vivió una oleada de dinamismo cultural que presagiaba nuevos tiempos. En el plano político, el régimen empieza a dar síntomas de asfixia y Ariel adopta una actitud más crítica: publica libros como Así cayó Alfonso XII (escrito por el ministro de la República, Miguel Maura) o Tres días de julio (un volumen «de encargo» sobre las primeras jornadas de la guerra civil, escrito por Luis Romero); y también un texto destinado a convertirse en clásico: España 1808-1939 del historiador inglés Raymond Carr. Autores como Bobbio, Hobsbawm, Piaget, Marcuse, Russell, Althusser, Vilar, Trías, Lledó, Chomsky, Galbraith… están presentes en su catálogo. En 1965, Manuel Sacristán y  Folch pondrían en marcha “Ariel Quincenal”, una colección que se convertiría en piedra de toque del pensamiento contemporáneo en España, también con buenos resultados comerciales y con unas tiradas medias de 15.000 ejemplares. Como ejemplo, baste recordar que del número dos, Introducción al Derecho de Ángel Latorre se vendieron 80.000 ejemplares.

La década  de los setenta estará marcada por los problemas económicos. La editorial no puede hacer frente a los gastos que suponen la renovación de las máquinas de taller, la imprenta y la encuadernación, que se habían vuelto obsoletos. Tras un intento de fusión frustrado con la editorial Labor, Ariel se unió con Seix Barral para compartir gastos, pero la aventura no tuvo buen fin y en 1982la Editorial Planetaanunciaba oficialmente la compra de los dos sellos.

Integrada ya al grupo Planeta, Ariel pudo continuar desarrollando su línea editorial. En su nueva casa, ha mantenido el interés por el ensayo en campos consolidados como la historia o la filosofía, y ha ofrecido libros importantes para entender ramas nuevas de la ciencia y el conocimiento como la lingüística, la literatura comparada o la neurología. A este periodo pertenece la publicación de Ética para Amador (del filósofo Fernando Savater) que desde 1991 se ha erigido como un éxito perdurable que no ha dejado de traducirse y reimprimirse.

En su empeño por dar una respuesta editorial a la especialización del conocimiento, Ariel ha enriquecido su catálogo con la edición de libros de divulgación de calidad para satisfacer las necesidades de los numerosos nuevos lectores que ha propiciado la consolidación de la democracia. Sin olvidar su ya largo compromiso de siete décadas con la Universidad, como prueban la apuesta por joyas como Los trovadores (la casi legendaria antología de Martín de Riquer) y el proyecto dela Biblioteca UP de José Antonio Marina, una colección pensada para padres y docentes, que ha sido muy bien acogida por los lectores.

Un catálogo y unos proyectos que insinúan un futuro para la editorial Ariel, más allá de estos setenta años, del que Pep Calsamiglia, y Alexandre Argullós, sus perseverantes fundadores, podrán a buen seguro sentirse orgullosos.

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