70 años de ARIEL

El director editorial de Ariel, Francisco Martínez Soria, relata los 70 años de la editorial:

70 años. Toda una vida. Tres generaciones. En 1942 se combatía en las calles de Stalingrado, e Hiroshima no salía en los mapas de Historia. España olía a miedo y hambre; un país yermo, casi vaciado de intelectuales, por no decir de lectores. Nadie, en su sano juicio, habría creído en la viabilidad de un proyecto como el de Ariel, ni, mucho menos, en su pervivencia durante siete azarosas décadas en las que el mundo ha cambiado tanto que parecen siglos. Y, sin embargo, aquí está. Celebrando un aniversario inimaginable, en pleno siglo XXI. Da que pensar, que de eso se trataba, entonces y ahora.

El año 1942, dos jóvenes a quienes la guerra civil y sus consecuencias truncaron las expectativas de seguir carreras profesionales en la universidad empezaron a ganarse la vida publicando los apuntes de clase de algunos amigos profesores. En poco tiempo, esos dos jóvenes, Pep Calsamiglia (filósofo de formación)  y Alexandre Argullós (que había estudiado Derecho) fundaron la editorial Ariel, que no tardaría en convertirse en lo que hoy, setenta años después, sigue siendo: una referencia en el mundo de la edición en castellano.

A la hora de elegir este nombre, sus fundadores debieron de tener en mente al espíritu que encarna el aire según la tradición judía, así como los diferentes Arieles que aparecen en las obras de Shakespeare, Milton o Pope. Pero es posible que también pensaran en un país que, del mismo modo que el hombre necesita aire para respirar, necesitaba ideas para desarrollarse.

Durante los años cuarenta y cincuenta, tiempos de penurias, de represión y censura, Ariel se especializó en títulos de medicina, economía, derecho y filosofía. En una época en la que no es que los recursos económicos eran tan escasos que no se podía usar con regularidad el teléfono –cuando ni tan solo se ofrecían anticipos a los autores–, se las arreglaron para introducir en España a autores como Maurice Duverger, Benedetto Croce, Raymond Barre o Luigi Einaudi.

Desde el edificio de Montaner i Simon (hoy Fundació Tàpies), la editorial se trasladó a la calle Berlín en Barcelona y finalmente a un edificio en Esplugues de Llobregat, adonde se llevaron los mismos muebles viejos y heredados, restaurados para prolongar su utilidad. Además, se incorporó a la editorial un nuevo socio, Joan Reventós quien amplió, gracias a sus contactos, un extraordinario consejo editorial por el que durante los siguientes años pasarían luminarias como Ramon Masoliver, Manuel Jiménez de Parga, Josep Fontana, Jordi Nadal, Manuel Sacristán, Francisco Rico, Fabià Estapé, Ernest Lluch, Salvador Giner, Jordi Maragall, Joan Sales y Rafael Borràs, entre otros. Un grupo de variadas sensibilidades políticas, que provenían de distintas ramas del saber, vinculado por su sabiduría común y por su decidida lucha antifranquista.

A finales de los años sesenta la ciudad de Barcelona vivió una oleada de dinamismo cultural que presagiaba nuevos tiempos. En el plano político, el régimen empieza a dar síntomas de asfixia y Ariel adopta una actitud más crítica: publica libros como Así cayó Alfonso XII (escrito por el ministro de la República, Miguel Maura) o Tres días de julio (un volumen «de encargo» sobre las primeras jornadas de la guerra civil, escrito por Luis Romero); y también un texto destinado a convertirse en clásico: España 1808-1939 del historiador inglés Raymond Carr. Autores como Bobbio, Hobsbawm, Piaget, Marcuse, Russell, Althusser, Vilar, Trías, Lledó, Chomsky, Galbraith… están presentes en su catálogo. En 1965, Manuel Sacristán y  Folch pondrían en marcha “Ariel Quincenal”, una colección que se convertiría en piedra de toque del pensamiento contemporáneo en España, también con buenos resultados comerciales y con unas tiradas medias de 15.000 ejemplares. Como ejemplo, baste recordar que del número dos, Introducción al Derecho de Ángel Latorre se vendieron 80.000 ejemplares.

La década  de los setenta estará marcada por los problemas económicos. La editorial no puede hacer frente a los gastos que suponen la renovación de las máquinas de taller, la imprenta y la encuadernación, que se habían vuelto obsoletos. Tras un intento de fusión frustrado con la editorial Labor, Ariel se unió con Seix Barral para compartir gastos, pero la aventura no tuvo buen fin y en 1982la Editorial Planetaanunciaba oficialmente la compra de los dos sellos.

Integrada ya al grupo Planeta, Ariel pudo continuar desarrollando su línea editorial. En su nueva casa, ha mantenido el interés por el ensayo en campos consolidados como la historia o la filosofía, y ha ofrecido libros importantes para entender ramas nuevas de la ciencia y el conocimiento como la lingüística, la literatura comparada o la neurología. A este periodo pertenece la publicación de Ética para Amador (del filósofo Fernando Savater) que desde 1991 se ha erigido como un éxito perdurable que no ha dejado de traducirse y reimprimirse.

En su empeño por dar una respuesta editorial a la especialización del conocimiento, Ariel ha enriquecido su catálogo con la edición de libros de divulgación de calidad para satisfacer las necesidades de los numerosos nuevos lectores que ha propiciado la consolidación de la democracia. Sin olvidar su ya largo compromiso de siete décadas con la Universidad, como prueban la apuesta por joyas como Los trovadores (la casi legendaria antología de Martín de Riquer) y el proyecto dela Biblioteca UP de José Antonio Marina, una colección pensada para padres y docentes, que ha sido muy bien acogida por los lectores.

Un catálogo y unos proyectos que insinúan un futuro para la editorial Ariel, más allá de estos setenta años, del que Pep Calsamiglia, y Alexandre Argullós, sus perseverantes fundadores, podrán a buen seguro sentirse orgullosos.

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Las hojas muertas, por Francisco Martínez Soria, director editorial de Ariel

Volviendo ayer del aeropuerto, nos encontramos con un accidente enla Ronda del Litoral. Junto a la ambulancia, en el suelo había un cuerpo que parecía cubierto con una manta. “No mires”, me comentó de forma espontánea el amigo que me acompañaba. Instantáneamente, me vino a la memoria lo que decían los clásicos: “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente”. No obstante, miré; con cierto respeto, con temor, pero miré. Quizás porque en la esencia del ser humano está también seguir desafiando a la muerte, intentar comprenderla, aún sabiendo de esa imposibilidad. Seguramente es una forma también de amar a la vida.

Más coincidencias. En estos días de otoño (las hojas muertas, tan presentes) en las que muchas culturas reflexionan sobre la muerte, estoy leyendo la novela de Harl Ove Knausgård,  La muerte del padre, una obra  de una intensa dureza; bella, emotiva, con unas reflexiones tan lúcidas sobre la muerte como ésta, nada más comenzar la novela:

“En el instante en que la vida abandona el cuerpo, el cuerpo pertenece a lo muerto. Las lámparas, las maletas, las alfombras, las manillas de las puertas, las ventanas, los campos labrados, los pantanos, los arroyos, las nubes, el cielo. Nada de todo esto nos es desconocido. Estamos constantemente rodeados de objetos y fenómenos del mundo muerto, Y sin embargo, hay poca cosas que nos desagraden más que ver a un ser humano capturado en ese mundo muerto, al menos a juzgar por los esfuerzos que hacemos por mantener los cuerpos muertos fuera de nuestra vista.”

Por mucho que lo escondamos, por mucho miedo que tengamos, el tiempo fluye. Apenas sin percibirlo, estamos en los cuarenta, los cincuenta, los sesenta…Y llega la hora. En un instante estamos bien, y mal en el otro, apenas sin enterarnos. Es el final; la vida abandona el cuerpo, y el cuerpo, como dice  Knausgård, pertenece ya a lo muerto.

Adiós… vía libre ya a las bacterias que comienzan su rápida conquista de ese cuerpo ya todo suyo. ¿Lo aceptamos así?

Es difícil. En este mes coincide también la aparición en librerías de una nueva edición de las Meditaciones en tiempo de crisis, en donde un John Donne enfermo se interroga sobre la vida  y el amor, la presencia de Dios, y sobre todo la enfermedad y la muerte. Unas meditaciones que recogen también la conocida Meditación 17, entendida con frecuencia como un canto a la solidaridad del ser humano, pero que no deja de  ser también una reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte: las campanas también tocan por ti, anuncian que también llegará tu hora…

“Ningún hombre es una isla completa en sí misma: cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo: si el mar se lleva un trozo de tierra, Europa mengua, como si fuese la casa solariega de tus amigos o la tuya. La muerte de cualquier hombre me disminuye, pues soy parte de la humanidad. Y por lo tanto nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas, pues doblan por ti.”

Días de otoño. Sí, al final ahí estará la muerte esperándonos; pero las hojas muertas abonan la tierra húmeda y brota otra vida. Quizás trascendemos, pero a veces cuesta percatarse de ello.

Cuán complejo es entenderlo. De nuevo volviendo a los clásicos, nada menos que el gran Sócrates, que curiosamente más de 2.500 años después sigue siendo el referente de  la filosofía occidental, antes de tomar la cicuta que acabaría con su vida le pidió un último mensaje a su amigo Critón: “Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda”. Ironía de Sócrates o no, mensaje simbólico y trascendente o simple necesidad de dejar las cuentas listas. En fin, lo cierto es que con la maldita deuda hemos vuelto a topar.

No, no resulta fácil, hablar de la muerte, mirarla fijamente, quizás como siempre sea mejor recurrir a otro clásico, el gran Horacio y su Carpe Diem: “Atrapa el momento”. Vivamos, amemos con todas nuestras fuerzas la vida.

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La deuda y sus servidumbres

Oriol Alcorta, editor de Ariel, nos recomienda En deuda de David Graeber. Uno de los libros más influyentes del año según The Guardian.

Y de repente, surgió la deuda como el gran tema de debate. Olvidados ya los quebraderos de cabeza originados por las subprime, por las empresas piramidales de Lehman, por los swaps y CDO —enigmáticos artificios financieros—, por la refundación sobre bases éticas del capitalismo de Sarkozy… Al final todo se ha reducido a la crisis del crédito y a la deuda de Grecia. Y después a la de Portugal e Irlanda. E Italia. Y finalmente a la de España. En eso consistía el problema, en haber vivido largos años como millonarios gracias a los ahorros de los cautos alemanes. Y, por supuesto, el dinero prestado habrá que devolverlo. Y con intereses, como es perceptivo.

Pues bien, aquí tenemos a David Graeber, un antropólogo de reconocido prestigio que nos dice que no, que en realidad nada obliga a devolver el dinero. Por supuesto, profundiza algo más en el tema, aproximadamente millón y medio de caracteres más, pero el concepto vendría a ser ese.

La idea es interesante, novedosa cuanto menos. Y la pregunta, pertinente: ¿En qué momento la deuda dejó de ser un asunto económico para convertirse en una obligación moral? Porque parece claro que no pagar una deuda es una opción. Es más, se podría decir que, en términos económicos, es la razón única de su existencia. ¿Qué otro motivo tendría alguien de imponer un interés al dinero prestado si no hubiera riesgo alguno de impago? Por supuesto, ninguno.

Lo que nos devuelve de nuevo a Grecia, esa nación poblada por fulleros y parásitos que jamás oyeron hablar de tal cosa como impuestos y que dilapidaron con su vida ociosa los ahorros de toda una vida de los teutones. ¿O no es esta la lectura que debe hacerse? ¿No existe acaso la corresponsabilidad? O es que esos créditos se dieron libremente, sin atender siquiera a su destino, ni al riesgo implícito que se corría. ¿No fue la misma Goldman Sachs, a petición de la UE, y en particular de Alemania, la encargada de maquillar las cuentas griegas?

En deuda de David Graeber es uno de los libros más importantes que se han escrito en mucho tiempo. Un ensayo oportuno, sin duda, pero por encima de todo un libro que contradice muchas aseveraciones que de forma sorprendente han quedado insertadas en el imaginario colectivo sin absolutamente nada que las sustente: el dinero se inventó para dar solución a complejos sistemas de trueque. Eso al menos defienden la mayoría de manuales de economía. Y, según nos dice Graeber, es falso. Es más, la deuda es un invento previo a la moneda. Previo al trueque. Previo incluso a la economía moderna tal y como la conocemos. La deuda es un método arcaico de sumisión y en la mayoría de culturas poco o nada ha tenido que ver con préstamos monetarios.

Graeber nació en Estados Unidos por lo que no sorprende su interés en el concepto de deuda. Se trata de un país que enarbola la bandera de la libertad hasta el paroxismo y, sin embargo, la mayoría de la población vive sometida por obligaciones financieras de toda índole, con una deuda privada disparada. ¿No es la deuda una forma de sumisión que restringe la libertad de quien la contrae? Así es y así ha sido a lo largo de toda la historia, tal y como nos demuestra el libro.

La economía es una disciplina cuya cientifización ha hecho que sea objeto de estudio de físicos, matemáticos y por supuesto psicólogos. Leído En deuda, parece que si alguien tiene mucho que aportar a su estudio es un antropólogo. Y nadie mejor que Graeber, una voz única, provocadora, beligerante e incisiva, pero sobre todo documentada y rigurosa. Se podrá argumentar contra las ideas que el libro defiende, pero hará falta un trabajo expositivo que esté, cuanto menos, a la altura de éste.

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Ariel y el diseño

Uno de los rasgos distintivos de una editorial, el que le concede visibilidad y la hace reconocible entre los lectores recibió en Ariel especial cuidado y para ello se contó con la inestimable colaboración de los más destacados diseñadores.

El diseñador Alberto Corazón

Ariel me permitió acceder a mi mayoría de edad como diseñador, cuando Xavier Folch se hizo cargo de la dirección editorial y me confió el desarrollo de las diferentes colecciones. Muchas de ellas ya en marcha desde hacía tiempo, cubiertas sueltas de libros casi siempre de memorias, colecciones nuevas de Geografía o proyectos singulares como una Enciclopedia de las Matemáticas.

A comienzos del 68 Xavier vino a verme al estudio para confiarme su gran proyecto como editor: Una colección de bolsillo, Ariel Quincenal.

En el mercado había un solo precedente, el legendario Alianza bolsillo, de muy reciente aparición y con su Identidad basada casi exclusivamente en el diseño de sus cubiertas de mi maestro, de nuestro maestro, el inolvidable Daniel Gil.

Competir con Daniel era un despropósito, de modo que le planteé a Xavier una estrategia de Identidad Gráfica opuesta a la de Alianza. Cubiertas muy sobrias, siempre con la misma tipografía,la Helvéticaque nadie utilizaba, un «luto» que acotaba la superficie y una iconografía de base documental.

Alianza era la fantasía de un gran creador, amparando una colección variopinta, básicamente literatura. Ariel sería la contrapartida con una Identidad gráficamente muy sólida y una arquitectura iconográfica sobria y directa. Apoyada en una línea en la que el ensayo y el pensamiento recientes eran los fundamentos.

Mi intención fue restar protagonismo al diseñador de las cubiertas, para generar una Identidad muy sólida y atractiva de la colección.

Ariel Quincenal, en los escaparates y en las mesas de novedades se convirtió en un «pictograma» editorial, que era inmediatamente reconocido. Cuando los libreros me lo comentaban, me estaban haciendo el mayor elogio como diseñador. En mi carrera sigue siendo  una colección inolvidable.

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La partícula divina

La física Joanne Baker nos explica de manera fácil qué es el bosón de Higgs.

¿Por qué tienen masa las cosas? Un camión es pesado porque contiene un gran número de átomos, cada uno de los cuales por sí mismo ya es relativamente pesado. El acero contiene átomos de hierro, que se localizan en la parte inferior de la tabla periódica. Pero ¿por qué es pesado un átomo? Después de todo, en su mayor parte es espacio vacío. ¿Por qué un protón es más pesado que un electrón, un neutrino, o un fotón? Peter Higgs teorizó en 1964 que las partículas parecen tener mayor masa porque van más despacio cuando flotan en un campo de fuerza (el campo de Higgs). Esta fuerza es transmitida por el bosón de Higgs.
Imagine que tiramos una gota en un vaso. Tardará más tiempo en llegar al fondo si el vaso está lleno de agua que si está vacío y lleno de aire. Es como si la gota tuviera una masa mayor al encontrarse dentro del agua, la gravedad tarda más tiempo en atraerla a través del líquido. Lo mismo se podría aplicar a nuestras piernas si camináramos dentro del agua, las notaríamos más pesadas y nuestro movimiento sería más lento. La gota iría aún más despacio si la tiráramos en un vaso de sirope, tardando un rato en hundirse. El campo de Higgs actúa de una forma similar, como un líquido viscoso. La fuerza de Higgs reduce la velocidad de otras partículas portadoras de fuerza, asignándoles efectivamente una masa.
Si el campo de Higgs asigna una masa a los otros bosones portadores de fuerza, ¿cuál es la masa del bosón de Higgs? ¿Y dónde obtiene su propia masa? ¿No es esto como la situación del huevo y la gallina? Estamos a punto de confirmarlo gracias a los estudios científicos que se dan a cabo en el CERN.

Una explicación gráfica:

http://vimeo.com/41038445
Si queréis saber más sobre el bosón de Higgs os recomendamos el capítulo dedicado a la partícula divina en 50 cosas que hay que saber sobre física (Ariel).

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No nos equivocamos

Una traza hipotética del bosón de Higgs en una colisión protón-protón simulada. Lucas Taylor

Joaquín Arias, editor de Crítica, explica en pocas líneas qué es eso del Bosón de Higgs, el Gran Colisionador de Hadrones y la Física Cuántica.

Uno de los objetivos del CERN cuando construyó el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés) era comprobar la validez del llamado modelo estándar por el que se ha regido la Física cuántica o Física de partículas desde sus comienzos en el siglo XIX. La puesta en funcionamiento de este acelerador de partículas de gran potencia tenía por objetivo demostrar la hipótesis que planteaba que tras los choques de dos haces de protones se formaría una partícula de masa, conocida como el bosón de Higgs. Esta partícula fue denominada por el premio Nobel de Física Sheldon Lee Glashow como “la partícula de Dios”, ya que explicaría en gran medida el origen de la creación de la materia, mientras que un escéptico Stephen Hawking, por su parte, aseguraba que nunca se encontraría.

El bosón de Higgs es la piedra angular sobre la que se ha cimentado la Física desde 1964. El concepto fue desarrollado por el físico británico Peter Ware Higgs, uno de los grandes impulsores de la creación del LHC y que ha podido vivir, para su sorpresa, la constatación de su teoría. Este profesor escocés de la Universidad de Edimburgo desarrolló en 1964 un método que incrementaba la masa de las partículas subatómicas (bosones vectoriales) mediante la rotura espontánea de su simetría. A partir de ahí, planteó la existencia del bosón de Higgs, una partícula subatómica elemental que —ahora lo sabemos con certeza— existe y se forma a partir de la energía generada por un choque de gran magnitud entre partículas.

El hallazgo del CERN aún no puede valorarse en toda su magnitud, pero supone un paso más en la confirmación de la teoría de la gran unificación, que pretende descubrir las conexiones existentes entre tres de las cuatro fuerzas conocidas (dejando a un lado la gravedad). La constatación de la existencia del bosón de Higgs confirma que las teorías que han regido la Física durante los últimos años eran acertadas y proporcionan un nuevo impulso para los científicos que desde ahora pueden decir con alivio: “OK, chicos, no nos equivocamos. ¡Estamos en el buen camino!”.

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A propósito de Martha Nussbaum. Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012

La directora editorial de Paidós, Carme Castells, escribe este texto en relación a Martha Nussbaum.

La concesión del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012 a la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, profesora de Derecho y Ética en la Universidadde Chicago, supone un nuevo y merecido reconocimiento a la trayectoria de una de las pensadoras más relevantes e influyentes del panorama filosófico y político actual.

Desde la publicación, en 1986, de su obra  La fragilidad del bien (texto en el que, a partir de la ética antigua, reivindicaba el valor cognitivo de las emociones, y que la situó en el panorama internacional), Martha Nussbaum ha publicado numerosas obras, cuyos títulos permiten apreciar la amplitud de sus intereses. Por ejemplo, en el ámbito de la ética nos ha ofrecido desde el texto antes citado hasta La terapia del deseo; fruto de su preocupación por las cuestiones educativas es  El cultivo de las humanidades: una defensa clásica de la educación liberal; de su interés por la situación de la mujer dan cuenta los títulos Mujeres y desarrollo humano y su volumen de artículos Sex and Social Justice; y en su aportación al pensamiento político encontramos obras como Las fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión; Los límites del patriotismo o su reciente libro Crear capacidades, una propuesta para el desarrollo humano.

En definitiva, pues, cabe celebrar la concesión de este Premio, cuya repercusión debiera contribuir positivamente al conocimiento de una autora y a la difusión de una obra, siempre interesante, y absolutamente esclarecedora e imprescindible en el  contexto actual.

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La conquista del aire

Reflexiones desde los tiempos líquidos

Parece ser que hubo un tiempo en que hombre y Tierra vivían una marcada relación telúrica, una interdependencia puesta de relieve en los numerosos mitos sobre la creación, a la que no es ajena nuestra propia tradición judeocristiana. Así, en el Génesis, Dios, como si de un hábil alfarero se tratara, coge la arcilla y moldea con sus manos al futuro hombre; nuevo hombre que surge de la Tierra, hombre y Tierra que en reciprocidad deberán estar en armonía. Una Tierra que marca también los límites, y penaliza la disidencia social, las rupturas del parentesco; una rebelión claramente manifestada en el castigo impuesto por Dios a Caín: «aunque labres la tierra no te dará más su fruto». Sin la Tierra el hombre no es nada.
Como elemento predominante, la Tierra era también sinónimo de arraigo. El hombre se aposenta, desarrolla la agricultura, busca sus raíces en el clan, la tribu…

¿Y el Agua? Del agua, del mar, llegaba lo desconocido. Como un útero titánico plagado de referencias simbólicas, el hombre establecía con el agua una relación claramente simbiótica, misteriosa e indicadora de los límites de lo humano: “Hay que hacer brotar el agua de la piedra”, que se lee en muchos textos alquímicos; el desafío de Jason y los Argonautas, la fuerza obsesiva del capitán Ahab frente a la ballena; el hombre en sí frente al poder de la naturaleza más desconocida. Pero también del agua, del mar, llegará con la Edad Moderna la consolidación del poder civilizador del hombre. Un hombre que comenzará a sentirse un pequeño Dios, engrandecido por los nuevos descubrimientos. Las posibilidades de la ciencia y la técnica parecen ilimitadas y las nuevas cartografías marítimas sitúan al ser humano en el centro del globo. Desde el mar, desde el agua, el hombre moderno se enfrenta a sus misterios y los vence.

Mientras, el Aire continuaba siendo inaccesible, las plumas de Ícaro eran todavía demasiado frágiles. Tímidamente, pero con paso firme, el hombre irá familiarizándose con este elemento. Si bien no será hasta a mediados del siglo XX, cuando haga llegar desde el aire el primer aviso de su completo dominio. Un enorme hongo de fuego abrasador que marcará un antes y un después, una clara señal del poder creador y destructor del hombre.
El aire se convertirá ahora en la nueva metáfora civilizadora: viajes al espacio, bioclimatización…
Por el aire irán llegando también el conjunto de tecnologías de la información y las telecomunicaciones que configuran nuestra época: inicialmente, el teléfono, la televisión, el dinero electrónico y después las redes telemáticas, Internet, la realidad virtual… El mito de la creación ya no precisa de la tierra, de las manos que moldean la arcilla, eso sí, insufladas por un soplo de aire vital; el nuevo hombre surge ya de las propias manos del hombre, de la manipulación genética, de la relación del hombre con el espacio y de la ejecución de nuevos verbos tan intangibles como computar, formatear, procesar…

Una nueva era en donde el ciberespacio ocupa el lugar de los viejos sueños marítimos, si bien ya desprovistos de misterio, de esa seducción que todavía despierta en nosotros una cierta nostalgia, porque ahora, en los tiempos del aire, como una premisa inapelable, todo es ya abarcable, todo puede ser rápidamente asumido y olvidado. Como bien señala un mito de la creación amerindia: “El viento nació y murió enseguida”.

Levedad, ligereza… Durante el curso académico 1985-1986, Italo Calvino debía haber leído seis conferencias sobre literatura en la Universidad de Harvad. Eligió como temas lo que consideraba características del arte del siglo XXI: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia. Significativamente, la última conferencia no llegó a escribirla. Significativamente también, la consistencia sigue siendo la característica del aire más ausente en esta sociedad. Y la levedad y la rapidez parecen impregnar lentamente nuestras actitudes mentales: disminución del valor político del hombre, disminución del valor económico y disminución también del valor comunicativo; una aparente paradoja, porque, pese a existir más comunicación, más información que nunca, la normalización se extiende por doquier. Y el espíritu crítico se empequeñece.

¿Podremos vivir mucho tiempo en esta levedad? Quizás sea el aire la materia de nuestra libertad, como señalaba Nietzche. Quizás. Es bueno viajar ligero de perjuicios y dogmas. Pero puede que nos pueda el relativismo, puede que no hayamos reflexionado todavía sobre nuestra idea de libertad y la levedad, la fragilidad, termine siendo más signo de inestabilidad que clara posibilidad de volar.

Y puede que sea también una banalidad. Una banalidad que nos hace vivir como si fuésemos los últimos individuos de este planeta, extendiendo por doquier la sentencia de Luis XV: “Detrás de mí, el diluvio”; seres apresurados viviendo nuestra existencia como un producto más de consumo, dejándonos llevar por un individualismo apresurado de diseño, que penetra en todas las esferas de nuestra vida cotidiana.

¿A dónde vamos? Cómo no evitar sentir en ciertas situaciones una sensación casi ancestral, la del hombre enfrentado a un destino inapelable. Y una terrible y absoluta soledad.

Pero la consistencia que dejó Calvino por escribir ha de llegar por alguna parte. Seguramente no será ya en la búsqueda de la armonía del viejo Cosmos platónico. Ojalá no sea en la vuelta a Dios y a las Patrias, en ese resurgir de la nación que se intuye como asilo diferenciador, como fortaleza y refugio frente al caos exterior.

Ojalá la consistencia venga de lo más innato al hombre y una de las características más hermosas del aire: el hálito vital creador. De nuevo Sloterdijk nos da una pista muy valiosa, cuando señala:

“Los cabalistas fueron los primeros a los que quedó claro que Dios no era ningún humanista, sino un informático. Dios no escribe textos, escribe los códigos. Quien pudiera escribir como él, daría al concepto de escritura un significado que ningún escribiente humano ha entendido hasta el momento. Los genetistas y los informáticos escriben ya de otra manera. También en ese sentido ha comenzado una era poshumanista.”

Nuevos tiempos, tiempos del aire. Genética e informática como paradigmas, como nuevos retos. Imposible ignorarlos. Si Nietzsche señalaba que el filósofo ha de ser el médico de su época, siempre presto a diagnosticar los males que la aquejan y aconsejar las terapias necesarias, quizás deberíamos convertirnos en unos informáticos un tanto especiales atentos a descifrar los nuevos códigos de nuestro tiempo, en busca de un nuevo reto: la conquista del aire.

Francisco Martínez Soria
Editor Ariel

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Ha muerto Ronald Fraser, el primero en recoger la voz de los olvidados del franquismo… y de la democracia

“Quería ir más allá de la historia de los dirigentes, que es la que casi siempre se hace, porque los dirigentes tienen una representación política y sindical que depende y tiende más a la justificación que al recto objetivo. Me interesaba más conocer el punto de vista de la gente del pueblo, la que ha hecho realmente la historia y la que ha sufrido más duramente sus conscuencias. Es gente que dificilmente dejará nada escrito y por ello es importante recoger sus testimonios ahora que aún están vivos”.

Ronald Fraser me explicaba su punto de vista en una entrevista que le hice durante las jornadas del multitudinario Coloquio Internacional sobre la Guerra Civil Española que tuvo sus sesiones en el Palacio de Congresos de Barcelona un fin de semana de abril del año 1979. La sala grande estaba a rebosar, con mucha gente de pie.

Fraser, ex periodista, escritor “manqué” –como acostumbraba a decir— e historiador alejado de los ambientes académicos, había merecido el honor de figurar en aquel coloquio junto a Pierre Vilar y Pierre Broué como responsable de una de las tres únicas ponencias presentadas. Acababa de aparecer en España su libro “Recuérdalo tu, y recuérdalo a otros”, donde había recogido 250 testimonios de “gente corriente” sobre la guerra civil española. Para escribirlo, había venido a España el verano de 1973. Llevaba en el bolsillo un contrato con doce editoriales que le habían avanzado sus derechos de autor. Con ese dinero pudo trabajar dos años pero se quedó tres años más, sin recursos y pasando serias dificultades económicas. Su libro marcó un antes y un después en la investigación histórica, tanto por las reticencias que existían entonces sobre la denominada “historia oral” como por su mirada sobre los ciudadanos de a pie, dos planteamientos entonces absolutamente novedosos. Para mí, entonces un muy joven historiador/periodista, fue una revelación que marcó también todo mi trabajo futuro.

Ronald Fraser ha muerto el pasado viernes 10 de febrero en Valencia, donde vivía desde finales de los ochenta con la historiadora Aurora Bosch, de quien acaba de aparecer su último libro (“Miedo a la democracia”, ed. Crítica) una interesante investigación en los archivos norteamericanos sobre el papel de los embajadores de los Estados Unidos en España durante los años de la Segunda República. Un libro que pone en evidencia como no se enteraban, o más bien no se querían enterar, de nada que fuera más allá de los intereses económicos de su pais, y de como el lobby católico estadounidense condicionó las tomas de posición del presidente Roosevelt respecto al franquismo.

Fraser tenía 81 años. Deja un legado fundamental en la historiografía de la guerra civil, dando voz por primera vez a los que nunca la tuvieron. Los 250 testimonios que recogió siguen ahí, cuando la mayoría de ellos ya han muerto sin haber visto reconocidos sus sufrimientos por la democracia que, con ellos, ayudaron a obtener para todos. La coincidencia de la muerte de Fraser con la sentencia condenatoria al juez Garzón és una de aquellas ironías de la historia que cuesta atribuir a la casualidad.

Jaume Fabre

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¿Qué es una Constitución? de Ferdinand Lassalle

Este 2012 se celebra el bicentenario de la Constitución de Cádiz de 1812, más conocida como La Pepa. Para conmemorar y entender esta efeméride, Ariel recupera el clásico ¿Qué es una constitución? del político y pensador alemán Ferdinand Lassalle. Hoy compartimos con vosotros un extracto del epílogo de Alejandro Nieto.

“Las dos conferencias de Ferdinand Lassalle que contiene este librito se pronunciaron y publicaron en Berlín en 1862, hace justo 150 años. La presente edición —que recoge la excelente traducción de Wenceslao Roces de 1931— viene a significar, por tanto, un homenaje jubilar a un político malogrado (puesto que murió en el «campo del honor» defendiendo el de una dama y el suyo) y a una obra que conserva íntegramente su actualidad y el valor polémico del primer día. Muchos son lassalleanos sin saberlo y sus enemigos declarados no acostumbran a combatirle de frente sino que prefieren silenciarle. La Editorial Ariel, consciente de la importancia de esta obra, la sacó a la luz en 1976 para ilustración de los nuevos demócratas españoles y nuevamente en 1984, cuando nuestra Constitución de 1978 había alcanzado ya su velocidad de crucero, con unas brillantes páginas preliminares de Elíseo Aja, que tan distintas son de las modestas que ahora me ha correspondido firmar a mí.  [...]

En el año 2012 podemos percatarnos de que el mensaje de Lassalle no es el simple testimonio de un demócrata (socialista) prusiano que se revolvió, inútilmente por cierto, contra la hipocresía del monarca y del capitalismo, que con su seudoconstitucionalismo estaban engañando a un pueblo todavía inmaduro políticamente, sino una llamada (todavía válida con la misma fuerza que en 1862) al sentido común y a la sinceridad.

Tal como veo yo las cosas, la obra de nuestro prusiano es, en efecto, una inequívoca expresión de la lucha entre la sinceridad y la hipocresía, entre el sentido común y los arabescos jurídicos, entre el pensamiento popular y la erudición académica. Todo ello cifrado en la contraposición entre unas hojas de papel (que los dominantes llaman abusivamente constituciones) y las verdaderas constituciones (las reales y efectivas). Con la consecuencia de que “los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de derecho sino de poder puesto que la verdadera constitución de un país sólo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen, y las constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social”.

Esto lo sabe cualquiera. Todos ven al rey desnudo, pero muy pocos se atreven a reconocerlo y menos son aún quienes lo dicen en voz alta, porque indefectiblemente son marginados y silenciados en lo posible. Confesar lo que se ve y se toca es un pecado gravísimo de impertinencia política. Para participar en la vida pública hay que respetar ciertas reglas de juego y comprometerse solemnemente a tener la boca cerrada y la mirada desviada. Por eso la política es un juego en su sentido más propio. El que no acepte que un cartoncito con un as pintado vale más que otro aparentemente igual con un tres y que una ficha roja equivale a diez verdes, no puede sentarse a la mesa. El ritual debe ser respetado estrictamente y hoy es la constitución el epicentro del Estado democrático. Aquí no hay sitio para los incrédulos ni son admitidos los aguafiestas como Lassalle.”

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