Reflexiones desde los tiempos líquidos
Parece ser que hubo un tiempo en que hombre y Tierra vivían una marcada relación telúrica, una interdependencia puesta de relieve en los numerosos mitos sobre la creación, a la que no es ajena nuestra propia tradición judeocristiana. Así, en el Génesis, Dios, como si de un hábil alfarero se tratara, coge la arcilla y moldea con sus manos al futuro hombre; nuevo hombre que surge de la Tierra, hombre y Tierra que en reciprocidad deberán estar en armonía. Una Tierra que marca también los límites, y penaliza la disidencia social, las rupturas del parentesco; una rebelión claramente manifestada en el castigo impuesto por Dios a Caín: «aunque labres la tierra no te dará más su fruto». Sin la Tierra el hombre no es nada.
Como elemento predominante, la Tierra era también sinónimo de arraigo. El hombre se aposenta, desarrolla la agricultura, busca sus raíces en el clan, la tribu…
¿Y el Agua? Del agua, del mar, llegaba lo desconocido. Como un útero titánico plagado de referencias simbólicas, el hombre establecía con el agua una relación claramente simbiótica, misteriosa e indicadora de los límites de lo humano: “Hay que hacer brotar el agua de la piedra”, que se lee en muchos textos alquímicos; el desafío de Jason y los Argonautas, la fuerza obsesiva del capitán Ahab frente a la ballena; el hombre en sí frente al poder de la naturaleza más desconocida. Pero también del agua, del mar, llegará con la Edad Moderna la consolidación del poder civilizador del hombre. Un hombre que comenzará a sentirse un pequeño Dios, engrandecido por los nuevos descubrimientos. Las posibilidades de la ciencia y la técnica parecen ilimitadas y las nuevas cartografías marítimas sitúan al ser humano en el centro del globo. Desde el mar, desde el agua, el hombre moderno se enfrenta a sus misterios y los vence.
Mientras, el Aire continuaba siendo inaccesible, las plumas de Ícaro eran todavía demasiado frágiles. Tímidamente, pero con paso firme, el hombre irá familiarizándose con este elemento. Si bien no será hasta a mediados del siglo XX, cuando haga llegar desde el aire el primer aviso de su completo dominio. Un enorme hongo de fuego abrasador que marcará un antes y un después, una clara señal del poder creador y destructor del hombre.
El aire se convertirá ahora en la nueva metáfora civilizadora: viajes al espacio, bioclimatización…
Por el aire irán llegando también el conjunto de tecnologías de la información y las telecomunicaciones que configuran nuestra época: inicialmente, el teléfono, la televisión, el dinero electrónico y después las redes telemáticas, Internet, la realidad virtual… El mito de la creación ya no precisa de la tierra, de las manos que moldean la arcilla, eso sí, insufladas por un soplo de aire vital; el nuevo hombre surge ya de las propias manos del hombre, de la manipulación genética, de la relación del hombre con el espacio y de la ejecución de nuevos verbos tan intangibles como computar, formatear, procesar…
Una nueva era en donde el ciberespacio ocupa el lugar de los viejos sueños marítimos, si bien ya desprovistos de misterio, de esa seducción que todavía despierta en nosotros una cierta nostalgia, porque ahora, en los tiempos del aire, como una premisa inapelable, todo es ya abarcable, todo puede ser rápidamente asumido y olvidado. Como bien señala un mito de la creación amerindia: “El viento nació y murió enseguida”.
Levedad, ligereza… Durante el curso académico 1985-1986, Italo Calvino debía haber leído seis conferencias sobre literatura en la Universidad de Harvad. Eligió como temas lo que consideraba características del arte del siglo XXI: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia. Significativamente, la última conferencia no llegó a escribirla. Significativamente también, la consistencia sigue siendo la característica del aire más ausente en esta sociedad. Y la levedad y la rapidez parecen impregnar lentamente nuestras actitudes mentales: disminución del valor político del hombre, disminución del valor económico y disminución también del valor comunicativo; una aparente paradoja, porque, pese a existir más comunicación, más información que nunca, la normalización se extiende por doquier. Y el espíritu crítico se empequeñece.
¿Podremos vivir mucho tiempo en esta levedad? Quizás sea el aire la materia de nuestra libertad, como señalaba Nietzche. Quizás. Es bueno viajar ligero de perjuicios y dogmas. Pero puede que nos pueda el relativismo, puede que no hayamos reflexionado todavía sobre nuestra idea de libertad y la levedad, la fragilidad, termine siendo más signo de inestabilidad que clara posibilidad de volar.
Y puede que sea también una banalidad. Una banalidad que nos hace vivir como si fuésemos los últimos individuos de este planeta, extendiendo por doquier la sentencia de Luis XV: “Detrás de mí, el diluvio”; seres apresurados viviendo nuestra existencia como un producto más de consumo, dejándonos llevar por un individualismo apresurado de diseño, que penetra en todas las esferas de nuestra vida cotidiana.
¿A dónde vamos? Cómo no evitar sentir en ciertas situaciones una sensación casi ancestral, la del hombre enfrentado a un destino inapelable. Y una terrible y absoluta soledad.
Pero la consistencia que dejó Calvino por escribir ha de llegar por alguna parte. Seguramente no será ya en la búsqueda de la armonía del viejo Cosmos platónico. Ojalá no sea en la vuelta a Dios y a las Patrias, en ese resurgir de la nación que se intuye como asilo diferenciador, como fortaleza y refugio frente al caos exterior.
Ojalá la consistencia venga de lo más innato al hombre y una de las características más hermosas del aire: el hálito vital creador. De nuevo Sloterdijk nos da una pista muy valiosa, cuando señala:
“Los cabalistas fueron los primeros a los que quedó claro que Dios no era ningún humanista, sino un informático. Dios no escribe textos, escribe los códigos. Quien pudiera escribir como él, daría al concepto de escritura un significado que ningún escribiente humano ha entendido hasta el momento. Los genetistas y los informáticos escriben ya de otra manera. También en ese sentido ha comenzado una era poshumanista.”
Nuevos tiempos, tiempos del aire. Genética e informática como paradigmas, como nuevos retos. Imposible ignorarlos. Si Nietzsche señalaba que el filósofo ha de ser el médico de su época, siempre presto a diagnosticar los males que la aquejan y aconsejar las terapias necesarias, quizás deberíamos convertirnos en unos informáticos un tanto especiales atentos a descifrar los nuevos códigos de nuestro tiempo, en busca de un nuevo reto: la conquista del aire.
Francisco Martínez Soria
Editor Ariel